martes, 24 de noviembre de 2015

Historias de vida que inspiran..


Como siempre digo ...adoro a mis pacientes..aprendo TANTO de cada uno , de cada historia y de revisarla y repensarla y re proponer... Esta historia que gentilmente Josefina comparte es una historia de aliento y estímulo a quienes creen que nunca se dan vuelta algunas historias, he aquí la experiencia de una gran sobreviente y mejor dicho resiliente!!!

Grs Jose por compartir este testimonio!!!


UNA PORCIÓN DE MI HISTORIA. LOS INICIOS
 Dieciocho años atrás, en el verano que anticipaba mi comienzo en 6 grado, comenzaba a transitar un largo camino de enemistad conmigo misma. Fue el mismo verano en que recibí mi primera luna y en el que bajé notoriamente de peso. Durante ese año, en el colegio eran frecuentes las maratones colectivas de ayuno, tomar diuréticos y tirar la comida en los almuerzos. Mi aspecto era calavérico, desaliñado y sin vida; además de la extrema delgadez tenia la piel, lo ojos y el pelo sin ninguna señal de salubridad. Lo mismo que se veía sentía por dentro. Me volví una persona solitaria, silenciosa, inexpresiva, desconectada de todo y de todos.

ENFERMEDAD EN ASCENSO.
Algunos años después, ya con 16 y en una nueva escuela, los mambos empezaron a empeorar. A la restricción de todos los días, le sumé el consumo desmedido de drogas, intercalado con ayunos, atracones y vómitos. En su momento, descubrir la cocaína, el éxtasis y la ketamina fue el paraíso, ya que no sólo me abstraían de la realidad sino que además me quitaban el hambre y me hacían bajar hasta 2 kilos por fin de semana. Terminaba demacrada, anestesiada, osea feliz. Todo ese ciclo duró unos cinco años, y no dudo en decir que fue el peor período de mi vida. Todavía recuerdo el dolor y la desesperanza que sentía, estaba convencida de que por más esfuerzo que hiciera nunca iba a poder mejorar. Así, mis días se resumían a: morirme de hambre, repasar varias veces por hora lo que había comido (ej: media barrita de cereal, un chicle y medio vaso de jugo.) darme un saque de alguna droga, mirarme al espejo, llorar, cortarme con compás, tener sexo casual y leer poesía, lo único que me daba un poco de felicidad. A esta altura ya había perdido todas las amistades, me daba mucha vergüenza mi estado y mis ausencias repentinas que hacían pudrir a cualquiera que me tuviera cerca. Además, a decir verdad, sólo me interesaba lo que me trajera más oscuridad.

PSEUDO ACEPTACIÓN
 En determinado momento, gracias a la contención de mi psicóloga a quien le debo gran parte de ésta sanación, puedo verbalizar: “Creo que tengo un problema con la comida”. Enhorabuena dijo Patricia, y me ayudó a encontrar un buen lugar para hacer tratamiento: Vita, Centro de Salud Mental. Como de costumbre, no acepté su compañía y me mandé solita al consultorio sobre Viamonte, al frente del Teatro Colón. Si algo tenía que pasar para que continúe negando mi enfermedad, era compartir el sillón de la sala de espera con la mujer de 30 kilos que había sido internada más de 10 veces. Ahí pensé: “¿Qué hago yo acá? ¡Qué vergüenza una gordita en un lugar cómo este! Me voy a la mierda”. Por suerte me quedé. Ahí conocí a mi segundo ángel, Valeria, la nutricionista de VITA. También me atendió el resto del cuerpo médico: la doctora clínica y la psiquiatra. En ese momento pesaba 39, de modo que me mandaron a tomar Ensure, un batido vitamínico super pesado que me ayudaría a subir de peso. Como mi compromiso con el tratamiento era a medias, lo tomaba de vez en cuando, seguía comiendo poco y me seguía drogando mucho. Pasaron un par de meses y me borré.

 EL COMPROMISO CON LA VIDA
 Luego de finalizar una relación sumamente tóxica en la que convivía, volví a vivir a la casa de mi papá con mis dos hermanos. La rutina seguía siendo la misma: restricción, droga, atracón, vómito y depresión. Un día mi viejo me cuenta que mi hermanito menor, que en aquél momento tendría menos de 10 años, se le acercó para decirle que estaba preocupado porque veía restos de vómito en nuestro baño. La angustia que sentí en ese momento no la puedo olvidar, todavía me dan ganas de llorar. En ese momento fui consciente del daño que me estaba generando a mi misma y a la gente que me rodeada. Y si bien el proceso de cambio fue infinitamente más lento y más complejo, recuerdo ese momento como un hito decisivo en la recuperación. Entonces, retomé el tratamiento.

TRATAMIENTO: SEGUNDO ROUND. 
Ya viviendo sola, en paz y con mayor conciencia tomo la decisión de alejarme de las drogas. En ese momento venía tomando cocaína casi diariamente, asique a distancia lo veo como un milagro. Pude bancarme la abstinencia y toda mi ansiedad que estaba peor que nunca. Mi cabeza iba a mil y el 99,9% de los pensamientos que me surgían eran negativos o innecesarios. Me resultaba imposible frenar la mente, los atracones y los vómitos. Era una frustración constante, sentía que por mucho que hiciera para controlar la situación no lograba conseguirlo. Mi nutricionista me daba tips para dispersarme y frenar la ansiedad, ejemplo: baños de agua caliente, salir a caminar, llamar a una amiga, bailar. Todo me resultaba inútil, había una pulsión física que no podía controlar. Al verme estancada y sumamente frustrada, empiezo a evaluar la posibilidad de ir a un psiquiatra. Sabia decisión. Hoy con toda convicción puedo afirmar que fue clave en mi recuperación. Al mes ya tenía muchísimo más control sobre los atracones, ésta nueva situación renovó las esperanzas y me dio el empujón para seguir trabajando. A medida que iba mejorando la alimentación, los cambios físicos se volvieron evidentes: el color y la textura de mi piel, el semblante de los ojos, el pelo, las uñas, etc.

AUTOTRANSFORMACIÓN.
 Los siguientes años fueron de continua evolución, con muchos tropiezos e infinitos momentos de enojo y negación, pero siempre hacia delante. En ésta etapa mucho tuvo que ver mi flamante nueva nutricionista: Vanina. Llegué a ella buscando un profesional con conocimientos en vegetarianismo y encontré muchísimo más. Vanina, con toda su sabiduría y compromiso, me enseñó a confiar, a escuchar los mensajes de mi cuerpo y sobre todo, a entender que éstos trastornos no tenían porqué acompañarme para siempre. Por muchos años sólo escuché: “Vas a tener que luchar de por vida / esto está marcado por tu genética / nunca vas a ser una persona a la que no le importe su físico”. Estás frases no me ayudaban en absoluto, hacían que me estigmatice y me defina siempre desde la enfermedad. Vanina llegó a mi vida para romper con todo eso y me ayudó a confiar en la capacidad que tenemos todos para transformarnos y trascender nuestras barreras. También, en éste período aprendí a dejarme fluir con la comida, dejando de exigirme una alimentación de manual. Hoy como lo que quiero, lo que el cuerpo me pide, y si un día el pedido viene en forma de ½ kilo de helado, lo disfruto y no me culpabilizo pensando que sigo enferma, sino que sólo tuve un día goloso. Como me dice Vani: “Qué es lo peor que puede pasar? Al otro día tendrás un poco de dolor de panza, comerás menos y luego vuelve todo a la normalidad”. Desdramatizar es la clave. Dejar de regodearse en el dolor, también. APRENDIZAJE. Toda ésta odisea me ha dejado algunos aprendizajes sumamente valiosos y en muchos casos, reveladores. En primer lugar, que el cuerpo es sólo un instrumento que nos permite disfrutar de lo verdaderamente importante: amar, ayudar al otro, aprender, jugar. Que el ser amorosos, comprensivos, compasivos y benevolentes con nosotros mismos, es lo más importante de todo. He comprobado que si lo experimentamos en nosotros, de la misma manera nos vinculamos con el prójimo. También aprendí que no hace falta esforzarse por ser perfecto y agradable para todo el mundo; no hay nada más hermoso y querible que una persona genuina, vulnerable y que abraza la imperfección. Que el expresarse es sumamente sanador, poder decir: no / te quiero / gracias / me equivoqué / perdón; en mi caso fue inmensamente reparador. Y por último: que con voluntad, esfuerzo y paciencia, todo, absolutamente todo es posible. Josefina Minujen 9/11/2015